Por: Ileana Almeida
Filóloga
Foto portada: Conaie
Abril 8 de 2021
Penker wetá Bosko Wisuma: que tengas un buen viaje, Bosko Wisuma. Que tu espíritu viva en las cascadas, que encuentres pronto las hierbas que te transformen en luz, y que tus huellas en la selva sean las mismas que las del jaguar. Aquí te quedarás como símbolo entrañable de tu nacionalidad, como un guerrero que luchó con los peores enemigos que pueden tener los indígenas: la marginación social y la represión política.
Cuando repasamos la trayectoria del pueblo shuar, concluimos que su historia no es una historia feliz. Es un pueblo que ha sido víctima de la usurpación de sus tierras; huérfano del amparo legal, ha permanecido encerrado en fronteras falsas; vive sin poder definir sus propias prioridades. Involucrado en la contienda del Cenepa, tuvo que enfrentar a sus hermanos -del mismo clan, de la misma sangre. Se lo incluyó en la lucha por una frontera que no era la suya y resultó víctima de las disputas de dos estados que no comprenden que tanto el Ecuador como el Perú son “diversamente diferentes”.
En una memorable reunión, allá por los años 60, algunos shuar llegaron a Quito para presentar sus reclamos como pueblo oprimido. El auditorio no daba crédito a lo que veía y oía. Salidos de la selva, esos desconocidos intelectuales disertaban con seguridad y conocimiento sobre el carácter del Estado ecuatoriano, que debía transformarse para ser pluralista y democrático, y sobre el derecho de los pueblos a la autodeterminación. Los shuar plantearon así el camino único para todos los ecuatorianos.
Descuidar la pluralidad, como lo hace el gobierno de Correa, oscurece el pensamiento político, fomenta la violencia e impulsa el falso sentimiento de que la totalidad de la población tiene una identidad única. Los conflictos entre el Estado y las nacionalidades indígenas sobre el petróleo, el agua, los minerales, los territorios, las culturas, la educación, son conflictos humanos. Indígenas y no indígenas vivimos en el mismo y pequeño territorio del Ecuador. Hay que trabajar mucho para llegar a acuerdos y el remedio no es enfrentar a unos indígenas contra otros, como hace el gobierno al contraponer la Fenocin a la Conaie. El uso de la fuerza no es la vía de solución permanente de los problemas.
Los indígenas no buscan separaciones rigurosas, pero sí plantean intereses diferentes; están convencidos que tienen derecho a vivir su vida junto a la naturaleza, en la naturaleza. Pero, hoy por hoy, esto entraña una verdadera revolución, no una “revolución ciudadana” impuesta por un Estado excluyente.
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