Por: Héctor Cisneros Sánchez (*)
Actor, gestor cultural
Foto portada: Muro Carlos Michelena
Diciembre 5 de 2021
Si los ricos tienen artistas para sus fiestas, el pueblo tiene artistas para sus luchas. En las décadas de los años 1970 y 1980, en las calles y plazas del centro histórico de Quito, se manifestaban multiplicidad de expresiones sociales y culturales, uno de esos lugares era la avenida 24 de Mayo, como llamaban en esos tiempos.
Se la podía ver llena de vitalidad con una diversidad de oficios y comercios que se extendían desde la calle Cotopaxi hasta la calle Venezuela. Ahí estaban los cines Puerta del Sol y 24 de Mayo, la iglesia del Robo, las ventas de zapatos, utensilios para el hogar, ropa, novelerías, fierros, baratijas. Las charlas que vendían pantógrafos para dibujar, cremas para brillar sus joyas, afiladores de cuchillos, los brujos y adivinas que curaban el mal de ojos, el mal aire, la enfermedad desconocida, le regresaban a su amado más amoroso que antes, le predecían el futuro, de los pajaritos que elegían su carta de la suerte, la cabeza parlante de una mujer que desde un florero presagiaba su vida o su muerte, la vidente que tapada los ojos “podía ver” cómo esta vestido los problemas que tiene y quién es entre todos.
En esta feria de opciones para ganarse la vida se destacaban los Poetas que a media tarde se tomaban la plaza delimitando su lugar de trabajo con círculos y frases poéticas escritas con tiza iluminándose con veladoras encendidas y paradas de faquir caminando sobre vidrios rotos, con títeres, música popular y sobre todo poemas. Ellos trovadores, juglares, arawikos, nacidos de las entrañas del pueblo, entre otros podríamos nombrar el titiritero payaso y escritor Ricardo Hernán Realpe, el músico y actor Diego Piñeiros (Tamuka), los hermanos Bruno e Iván Pino, el poeta de la calle Héctor Cisneros Salazar.
Desde la 24 de Mayo se extendían a la plaza de Santo Domingo, la Plaza Grande, San Francisco, proyectando su arte rebelde a favor de sus orígenes. En el camino fueron motivando a nuevos artistas que vienen con otras intenciones, necesidades y propuestas expresivas. De entre ellos destacamos al novel actor que en esos tiempos pertenecía al teatro ensayo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana (CCE), Carlos Michelena Soria, que se juntó a estos merolicos de la literatura y se convirtió en el eslabón que unió esos tiempos con los años 90 y el nuevo siglo 21. Este último, es el único actor que se mantiene en el espacio público hasta el día de hoy, difundiendo e instruyendo el teatro de la calle.
Simultáneamente, a mediados de los 80s, artistas de diferentes orígenes sociales, disciplinas artísticas se juntan y organizan en el activismo creativo con acciones contestatarias a los gobiernos de turno, para lo cual se reunían en el taller de fotografía Naún Briones, en el que trabajaban Dolores Ochoa y Edgar Erazo, lugar donde confluyen multiplicidad de mujeres y hombres que se representaban individualmente y sus grupos entre otros los Saltimbanquis con Adriana Oña, Víctor Ramos y Raúl Hinojosa, el cantautor Jaime Guevara, la actriz Marisela Valverde (la churos), la bailarina y coreógrafa Susana Reyes junto al músico Moti Deren, el gestor cultural Jorge Cevallos, los músicos esposos en ese entonces Mari Aguilar y Fabián Velasco, el actor Oswaldo (bola) Silva y su hermana, el actor y cuentero José Morán y su hermana. Alrededor de ellos confluyeron infinidad de ciudadanos y ciudadanas, organizaciones culturales, sociales, étnicas, en lo que aún se llama Coordinadora de Artistas Populares (CAP), a la que también pertenece el actor Carlos Michelena.
Como siempre, en nuestro país eran tiempos difíciles en lo social, económico, político, cultural. Se vivía la soterrada dictadura de León Febres Cordero que originó la aparición y acción del grupo de guerrilla urbana Alfaro Vive Carajo. Esto intensificó la represión policial y militar, las muertes, desapariciones, encarcelamientos, persecuciones a dirigentes políticos, sociales, artistas y pueblo en general. Luego vinieron otros gobiernos aparentemente más demócratas, pero con los mismos vicios de corrupción y explotación a las clases más desprotegidas para beneficio de banqueros, industriales, exportadores y empresarios.
El accionar de la CAP era intenso y de variedad de intervenciones. Marchas, plantones, protestas, reuniones. Jornadas de concienciación social y artística de varios días con presentaciones musicales, teatrales, poéticas como el apoyo a la familia Restrepo en su reclamo de los miércoles en la Plaza Grande, por la desaparición de sus hijos. La activación con jornadas de recreación en los barrios como la Tola y otros. Performances multitudinarias como “ Toma tu domingo 7”, a la que se suman colectivos como el Frente de Danza Independiente, el grupo Ensamblaje de Colombia con su circo invisible, organizaciones barriales, sindicales, de derechos humanos, ecologistas, todos unidos en fiesta y algarabía en la Plaza de San Francisco celebrando el fin del gobierno de León Febres Cordero.
La toma de la Plaza de San Blas en protesta por la represión a titiriteros, bailarinas y actores que eran impedidos por el gobierno de turno para realizar sus exposiciones. Pero el tiempo pasa y las circunstancias del país no cambian. Para entrar al año 2000 nos golpean con un feriado bancario que deja en la miseria a la mayoría de los y las ecuatorianos que son obligados a migrar ilegalmente para trabajar en Europa y Estados Unidos. Los artistas de la CAP reaccionan esporádicamente y subsiste el afán de la lucha social por medio del arte.
Vienen nuevas generaciones, pocos son los que siguen el ejemplo de estos maestros y continúan en su camino. La mayoría se convierten en “jóvenes proyecto» con búsquedas individualistas y egocéntricas, con ansia de fama y poder de conocimiento sobrevalorando la aculturación de lo mercantil de sus maestrías y doctorados. El oportunismo de figurar en distintos grupos y colectivos sin pertenecerse a ninguno, sin apreciar la verdadera sabiduría ancestral de la labor comunitaria y en minga enriquecida con humildad desde varios puntos de vista y con atención en nuestros semejantes y el medio ambiente.
La llamada “alta cultura» o el arte que consumen las élites, según sus académicos sirve para educarnos y distraernos con conceptos extranjeros. No toma en cuenta a la cultura popular o la “baja cultura”, que en realidad es el origen nacido de las clases más desposeídas de sus vivencias, cosmovisiones, incertidumbres y sensibilidades en todos los tiempos y civilizaciones. Como ejemplo citamos a la europea Comedia del Arte, gestada en las plazas y mercados para luego ser arrebatada, estilizada y representada por la realeza que se aprovecha de los saberes y oficios del pueblo y se adueña de ellos.
En nuestro país, pocos son los artistas populares que han logrado sobrepasar la barrera de la discriminación mediante su constante trabajo, llegando exitosamente a escenarios de la “alta cultura”, con sus propias creaciones sin ceder a la influencia del arte institucional, utilitario y entretenedor, pero son muchos los que a pesar de su intensa creación estética quedan en la oscuridad, la desaparición y el olvido con el que castiga el sistema a los y las artistas que no comulgan con sus reglas y prohibiciones.
- Taller Perros Calle…jeros experimentos alquimusicoteatrales