A 31 años del Primer Levantamiento indígena o levantamiento del inti raymi es imprescindible voltear la vista a la historia, para desde esa raíz evaluar al día de hoy ciertos discursos que desconocen una historia construida con el esfuerzo y la vida de quienes nos antecedieron. Dicho trabajo organizativo irrumpe en 1990, al poner en jaque al Estado nación y una clase social que legitima las prácticas de exclusión y explotación del indio, a modo de un apartheid, contra este sujeto.
Al caer esta base segregacionista entra a ser considerado como sujeto político el movimiento indígena y el indígena como sujeto de derechos. Para los proyectos personalistas e individualidades de poncho, plumas y anaco (legítimas por supuesto) progresivamente se abrieron las puertas en espacios públicos y privados. Esos espacios de privilegio construyó en ellos, en la misma medida, una noción de éxito individual y una carga de negación y desprestigio a su propia historia. Las puertas no se abren en la misma medida al proyecto político y la propuesta colectiva sostenida hasta hoy por las Nacionalidades y Pueblos.
A lo que convoca esta reflexión, no es a rechazar a las iniciativas privadas que sobre la base de esfuerzo y trabajo buscan el medio para garantizarse una vida digna. Y en ese tono, fueron creadas muchas cajas de ahorro que hasta hoy sobreviven en las comunidades como un mecanismo solidario de préstamo de un dinero común para cubrir necesidades urgentes sin que se privilegie las utilidades que pueda percibir la caja sobre la necesidades de sus asociados. Individualidades “visionarias” convirtieron a esta iniciativa comunitaria en su negocio personal, replicando las prácticas de la banca privada que embarga casas, carros, terrenos, entre otros.
Algunas comunidades en Tungurahua, por ejemplo, ante la insensibilidad de bancos y cooperativas sobre excesivos cobros de intereses y otros recargos que los prestamistas, en su mayoría agricultores, ya no logran pagar, decidieron que ningún bien en territorio comunitario puede ser rematado, sin duda, este ejercicio de los derechos colectivos es un golpe para los capitales privados.
Chango es el producto mejor acabado del indio alienado que hace marketing con poncho de un éxito, que no es ni será, nunca para las grandes mayorías sino que solo es la cortina de humo en la que se vende una ficción. Es bien sabido que bancos y cooperativas comparten de un mismo capital, pero con diferente etiqueta, convirtiéndose así en una estructura piramidal de estafa y usura que subyuga a los más necesitados.
En tiempos de crisis cultural, social, política y económica es en donde se visibiliza con mayor claridad la disputa inter clases y en donde la derecha cierra filas. No nos sorprende a un Chango, una Gualinga y los de la “tercera vía” proclamar a viva voz que no les gusta la radicalidad del movimiento indígena que no hace otra cosa que seguir con coherencia su proyecto político de 1994, que aclara en sus líneas reiteradas veces -ser de izquierda- y con el mandato colectivo. Es comprensible, pues su estatus quo les deslindó de toda responsabilidad con la historia y con esa necesidad urgente de dar la vuelta a una sociedad tan decadente. Su distanciamiento de las acciones históricas del movimiento indígena y del movimiento como tal les lleva a construir discursos que buscan deslegitimar a ciertas dirigencias, sin entender que las comunidades, pueblos y nacionalidades no construyen caudillos y que nuestro movimiento va más allá de las dirigencias que son transitorias.
Por: Apawki Castro. Kichwa-Panzaleo, Comunicador Social, Ex dirigente de la CONAIE. Foto portada: Información Inmediata. Noviembre 4 de 2021.