Por: Rosendo Yugcha Changoluisa
Pueblo Kitukara, Comunicador Social
Desde el barrio
Mayo 20 de 2020
El anuncio del gobierno ecuatoriano, el pasado 24 de abril, del retorno a una “nueva normalidad” a partir del 04 de mayo, delegando responsabilidades a los COES en cada territorio, para el manejo de la emergencia sanitaria declarada en marzo para enfrentar el covid-19, demostró una vez más su incapacidad y sometimiento para manejar una crisis, apelando igual que en octubre, a parafernalias mediáticas para intentar ocultarlas.
Con la implementación de semáforos para determinar el paso del aislamiento al distanciamiento social, la gestión de riesgos del gobierno deja en manos de la presión social de los territorios el manejo de la crisis. Es decir, convierte un tema de salud pública en un asunto de debate político para que sean las autoridades provinciales, cantonales y parroquiales las que terminen salvando o quemando su imagen frente a la colectividad.
Son precisamente las diversas interpretaciones de los líderes de opinión frente a la necesidad de reactivación económica y productiva de sus territorios, las que están buscando incidir en la opinión pública para adelantar o retrasar el cambio del semáforo. La “nueva normalidad” por tanto no es una política de estado para motivar un cambio cultural en la población; es una trampa, pues lanza a los actores políticos a competir en una carrera sobre arenas movedizas.
Esto se evidencia en las reacciones cotidianas de una población que, al no recibir una orientación por parte de sus autoridades, de lo que implicaría culturalmente una “nueva normalidad” en medio de una crisis sanitaria; se entrega a un sistema de competencia desleal, en donde la acumulación de la riqueza y a la búsqueda de rentabilidad son la única cultura que entiende como funcional para sacar adelante a sus comunidades y familias.
En este punto, el espejismo de la “nueva normalidad” no solo evidencia la inexistencia de una política integral para enfrentar culturalmente una crisis sanitaria; se convierte en una cortina de humo para ocultar la inoperancia y la corrupción del gobierno central en el manejo de los recursos públicos, llegando incluso, al colmo de culpar a las víctimas de la pandemia, con la complicidad del manejo indolente de ciertos medios de comunicación.
Así, cuando el vendedor ambulante que sale de nuestros barrios al espacio público para buscar la supervivencia de su comunidad, recibe la discriminación del reportero televisivo que lo etiqueta con la “indisciplina” y la “inconciencia” y claro, sin contar con la posterior represión que recibirá de la fuerza pública. Otro ejemplo: el empresario privado que ha despedido a sus empleados escudándose en el decreto gubernamental y que recibe un contingente de policías para protegerlo de un plantón de trabajadores indignados por tal acción.
En este inicio de lo que algunos profetizan como la peor recesión económica mundial, los conflictos de intereses en cada nación latinoamericana para mantener o derribar un sistema neoliberal que quizá, es el único virus compatible con la “nueva normalidad”, pone en debate el carácter y perspectiva cultural que deben tomar lo público, lo privado y lo comunitario para salir juntos de una crisis sanitaria que, en el caso del régimen de Lenin Moreno y sus aliados en particular, la están convirtiendo en una grave crisis humanitaria como herencia para el nuevo gobierno.
- Foto portada: Marcha Estudiantil contra el recorte presupuestario-180520