Por: Aymé Quijia Luguaña
Pueblo Kitukara, Comunicadora Social
Abril 26 de 2020
Somos descendientes de bisabuelos, abuelos y padres agricultores, aquellos que nos enseñaron a sentir el corazonar de la madre tierra, la calidez que ella nos brinda, sus saberes, conocimientos su esencia misma, nos mostraron la particularidad de cada rasgo, en sus surcos, sus planadas, su cangahua, su arcilla, cascajo, arena o grava, tierra sea negra, café o blanquecina, visibilizando sus diferencias, que nos cuentan una historia.
Asencia Pilapaña Palla, bisabuelita por parte de padre, nos enseñó a sus bisnietos a ver a la naturaleza de diferente manera, a mirar a la tierra en sus formas, amarla, oírla, olerla, sentir su latido, sin menospreciar a ningún pedacito de ella, cada una tenía su riqueza, inculcándonos ese cariño eterno, que debes darle como un pacto y canto a la vida, sintiéndola nuestra siempre, nos motivó a respetarla, porque si la tratas con sentimiento y pasión, así sea un granito te da y brinda, en ella todo germina, te da vida si tienes paciencia.
Tenía presente siempre que la luna y el sol regían las siembras, es parte de la sabiduría, por ello decía que cada paso de la producción estaba dicha por estos elementos, miraba al cielo y decía en septiembre época de siembras por las primeras lluvias, diciembre, está creciendo y haciéndose fuerte la siembra, en marzo época de florecimiento y primeros brotes de los frutos y en junio las cosechas. Pero cada grano u hortaliza tenía su calendario en su memoria.
En la luna llena es mejor cosechar las frutas y labrar la tierra; en luna nueva no se siembra, en luna creciente es bueno sembrar productos que van sobre la tierra maíz, fréjol, etc., trasplantar y podar; en luna menguante, podar, hacer injertos y sembrar los productos que van debajo de la tierra papas, remolacha, zanahoria. Además, decía que las mujeres debíamos cortarnos el cabello en determinada época, que en ocasiones no debíamos entrar a llano para que no se lanchen ciertos frutos.
La tierra no es desagradecida, todo lo que se pone en sus entrañas, sea poco o mucho te retribuye, recuerdo sus chacras por el que nos hacía correr, sintiendo el rocío de la mañana y la sombra que nos brindaba sus plantas con choclo, fréjol, zambo y abajo en la hondonada sus perejiles y coles, guabas y en otros sus arbolitos de aguacate negro, guayabas, como olvidarlo.
Recogía para llevarlos a Quito en su costal abierto, cuando tenía producción de frutos o hierbas, se ponía su traje de tupullina, collares, anaco, sus alpargatas, cargaba y se iba al mercado, no recuerdo como ella iba, pero tengo en la memoria sus salidas y su retorno en la tarde, llegaba comprando plátano seda, pan y huesito menudo para sus sopas, que nos brindaba con cariño, ahí nos sentábamos en el fogón porque ella compartía su comidita con nosotros cerca de él.
Recordar tantas historias, tantas conversaciones, también sentados en el terreno en un momento de descanso, nos llevaban a los tres bisnietos en fila alineaditos, mi bisabuelita, mujer sabia de anaco, trenzado en pabilo, cabello blanco, ojitos pequeños y claros, nos enseñó a ir a los terrenos, siempre con su costal abierto para traer lo que producía en su espacio, carawi, carawi, decía.
También nos llevaba a traer la leña para prender el fogón, llevar los palos, la tatacara, la rama de eucalipto para encender la llama, cargado con una atamba, costal o chall, nos llevaba cogiditos de la mano, o íbamos tras ella, como olvidar que iba pie descalzo, nos hacía descansar si el viaje era largo, nosotros sentaditos con el sudor en la frente, ella nos brindaba cualquier cosita, la veía como una guardiana protectora, una gran mujer que no le importaba pisar un trompo o un terrón, la tierra o cangahua caliente, seguía caminando y nos pedía seamos fuertes, como olvidar esos pies con surcos, rajaduras, pies trabajadores, que nos marcó con su fortaleza y nos enseñó a caminar de manera diferente, sin temer al sol ni la lluvia sino a quererla.
Ella con su verbo y sabiduría nos enseñó el intercalado de la siembra de los granos, los secretos, que van más allá de una actividad o una moda, enseño a abrir un huequito en la tierra para poner la chicha, el agua o la ceniza para empezar la preparación de la tierra, como no bendecirla decía, enseñándonos que así se empieza la interrelación de la tierra con nosotros los seres humanos, nos pedían abonarla, con hojas, caña picada, paja, cáscaras de granos, ceniza, o el abono de cuyes, conejos, gallina y ganado vacuno.
Pedían, luego pasar la yunta e ir golpeando los terrones con un palo, luego con el azadón ir dando forma al llano, en el mejor de los casos y en la mayoría sino había la yunta solo con el azadón, la barra y el pico se iba ensuaveciendo la tierra, para luego de limpiarla, quitando la hierba, ir formando los huachos, cuando la tierra estaba húmeda.
Una primera fase de vida, que pocos lo tienen, de ahí lo sembrábamos, lo cuidábamos hasta que producía y se cosechaba, para llevar sus productos a casa y el maíz colgar las guayungas para que no gorgoje la semilla, hacia año a año hasta que falleció.
Más tarde, mis abuelitos Dolores Achig y Antonio Luguaña, fueron nuestro pilar, ellos igual desde niños cargados las matas de frutales a pan de tierra, mi abuelito plantero y comerciante, nos llevaban a sembrar las guabas, chirimoyas, aguacates, capulíes, romero, pepinos, ajíes en el terreno, ahí la misión era que debíamos sembrar para mis nietos decían, para que ustedes coman hijitos los frutos, y fue llevando de todas las variedades y formas que ellos encontraban, siempre cargaditos y llevando pomitos de agua.
Sembraba los árboles para dar protección, para que sus hojas sirvan para abono, para mantener la humedad y atraer las lluvias, para que la producción de lo que sembraba se dé mejor recalcaba.
También, íbamos con ellos a igual ritualidad, tolar los terrenos en minga, preparar la tierra, los huachos y sembrar garbanzo, fréjol rastrero y de palo, guandul, tontoporoto, maíz, trigo, cebada, arveja, zambo, zapallo, camote. Cargado íbamos sus nietos en fila, con azadón en mano, el mismo rito y la misma forma de siembra, pero variando la fecha y la luna decía, además de ir llevando siempre su cucayo y la chicha, mi abuelito era buen cocinero y muy responsable de su familia.
Para tolar, deshierbar en el terreno, íbamos y cocinábamos a leña aparte del cucayo, lo que la tierra producía, como olvidar los camotes cocinados, con el ají con cebolla picada, las papas, los choclos cocinados o asados, el garbanzo tostado con cáscara complementados con las guabas, los pepinos.
Ellos nuestros abuelitos nos enseñaron con cariño, sembrábamos, luego nos llevaba a deshierbar, luego a cosechar, sentados bajo el algarrobo, la mata de guaba o su casita de zinc, en caso de lluvia. Ahí compartíamos todo este caminar, sus historias, leyendas y enseñanzas con grandes aprendizajes.
Cargados veníamos a la casa, cada uno con su ración ganada, así nos criaron con ese amor a la tierra, con ese conocer de cada rincón de ella, mostrando que ser agricultor es una vocación, es sentir y vivir, es descifrar los secretos de ella y ver a la arañita ir cargada su bulto presagiando la producción sea bondadosa, abundante o mala y escasa. Nos enseñaron a escoger las semillas, a hablar con cada planta, a reconocer cada hoja y su aroma, a valorar la producción pero haciendo valioso cada grano o producto, nos conectaron con el alma y el corazonar de la vida y de nuestra pacha mama.
Estos son parte de la cosmovisión andina, esencia de ser agricultores, sintamos el orgullo que las manos de nuestros padres, abuelos, bisabuelos y las nuestras sean aquellos llenos de callos, fisuras, carrasposidades, líneas bien marcadas, por ser manos que nos enseñaron a ser fuertes en la vida, a ser diferentes, libres, haciendo y dando vida, siendo esencia de una comunidad que nunca debe faltar a la humanidad.