Surca por los canales de los medios tradicionales y con mayor fuerza en las redes sociales, el cuestionamiento de que el movimiento social ha sufrido un golpe duro en el cuello al entrar, muchas y muchos dirigentes sociales en las distintas instituciones del Estado y esferas del gobierno que encabeza Xiomara Castro. Tal cuestionamiento es de vital importancia cuando el presente y el futuro del país está en el alma de quienes levantan este reclamo. En este gobierno, las secretarías del ejecutivo están repletas de dirigentes sociales, jóvenes de mucha esperanza, defensores y activistas de derechos humanos. También el Congreso y las Municipalidades. No debemos huir de la crítica, ni renunciar a la autocrítica.
Venimos y aun vivimos con la tesis en que se sostiene que un luchador o luchadora social no debe entrar en política partidaria porque daña el movimiento social. En un alto porcentaje del movimiento social hondureño prima esta tesis, y con razón, primero porque los movimientos sociales que giran alrededor de determinadas figuras quedan sin norte, sin rumbo y sin dirección cuando estas asumen responsabilidades administrativas. Segundo porque la historia del país está llena de ejemplos, gran parte de dirigentes sociales que ayer fueron héroes, figuras que aglutinaron muchedumbres y dieron ímpetu a la protesta y la rebelión social, una vez en el gobierno, perdieron el norte y se acomodaron a los vaivenes de la corrupción. Compaginar la visión de cambio desde el movimiento social, con la aplicación práctica en el gobierno, es un bocado tan grande que mucho dirigente social no logra masticar y digerir.
Nos movemos entre las ganas de cambiar la realidad del país desde la trinchera social, que en realidad es un grito frente a la puerta del Estado, y las ganas de cambiarlo desde adentro, utilizando las instituciones del Estado burgués para reorientarlas según la visión de cambio social y de humanidad, y como la única vía posible en este contexto son las elecciones, pues mucho dirigente social decidimos meternos por allí. Sin embargo, la dirigencia social carecemos de experiencia en el arte de gobernar, y más en un país cuyas instituciones y cultura están corroídas de malicia e indecencia, entonces mucho dirigente social enredado en la trama tendida por la elite dominante hace de las instituciones públicas, un lugar de confort y de prostitución oficialista. Tremendo riesgo. Pero también existe la dificultad de que las instituciones partidarias a través de las cuales se llega, dada la relación desigual entre lo político y lo económico, comienza el juego hacia un cauce de gobernanza neoliberal. Lo que estamos viviendo en Honduras en estos primeros meses de gobierno con Libre, es un movimiento de cálculo, una medición de fuerza y de posibilidades en que la elite de la economía capitalista trata de blindarse mientras llega el próximo proceso electoral donde Libre puede llegar robusto por haber superado las contradicciones y lograr algunas victorias con el pueblo, o llega muy desnutrido moralmente y vuelva al campo de los lamentos.
Ante esa fuerza de la burguesía acostumbrada a jugar con el Estado, los partidos con una visión y un discurso progresista, pero sin fundamento ideológico en su militancia, se ven arrinconados y la posibilidad de cambiar de postura favorable a la burguesía y los intereses imperiales es muy alta. Quienes anclan su vida en principios solidos están a prueba. Es imposible unificar la postura moral de un burócrata que viene de las luchas populares y ha construido su vida con cierto fundamento ideológico, con un burócrata que viene de la burguesía u ONGs pro-burguesas acostumbrado a la trampa, y los negocios sucios. Ante esta situación, un burócrata decente tiene dos opciones, o se acomoda, o se rebela. Lo primero equivale a traición, lo segundo es dignidad. Tal vez es en este punto donde radica el trauma que levanta la tesis de que la dirigencia social no debe meterse en política partidaria, porque muchos colegas en el pasado, y quien sabe si en el presente, deciden la traición a la dignidad. Pero una cosa es verdad, existe una maquina con la que la burguesía explotadora, opresora y represora domina y reprime a los pueblos, esa máquina se llama Estado y en el capitalismo, es el Estado burgués, y debe surgir la clase social capaz de conducir, desarmar y reconstruir esa máquina para la liberación de los pueblos, esa clase se va educando todos los días en una pedagogía que implica aciertos y errores, y está en el movimiento popular la teta donde se debe mamar el alimento necesario para crecer políticamente. La academia ya demostró que no puede educar políticamente, los partidos y sindicatos también, con raras excepciones. Y si el movimiento popular no educa políticamente, sino politiza a la gente, no habrá organizaciones políticas, ni gobierno honesto.
Si bien abundan los ejemplos, la tesis de que toda persona que entra en el gobierno se hace corrupta, puede ser un mito, y se debe desmitificar. Quien entra a riesgo de todo a combatir la lógica de la corrupción y la opresión, se convierte en antítesis, en contradicción, en sujeto desestabilizador de normalidades. ¿acaso no queremos desestabilizar la normalidad de opresión y de corrupción? Pues sí, entonces se debe combatir objetivamente. La clase opresora lo sabe muy bien, cuando un militante popular se mete a desafiarla en su terreno, es porque la quiere desestabilizar y arremete contra él o ella, con el estigma de que la política es sucia, que si es pobre no podrá administrar, que si es defensor de derechos humanos no debe ensuciarse en política, que el político es corrupto, etc. Y es muy doloroso cuando ese estigma se repite entre la clase oprimida. El miedo que nos impusieron hace quinientos años sigue teniendo impactos en nuestras vidas. Pensar nuestro ser político, es éticamente un deber.
Somos sociedades cuya vida esta acelerada por un movimiento de desarraigo cultural, la juventud, la mujer siendo objeto de violencia, los programas eurocentristas y anglosajones que mueven las arterias de nuestra vitalidad, son violentos y eso implica una mutilación espiritual. Recoger al sujeto víctima de asalto y de robo histórico en el camino de la realidad de un país como Honduras, requiere personas e instituciones capaces de conmoverse ante el dolor y el riesgo en que esta el prójimo, implica una batalla cotidiana por no acomodarse ni venderse. Quienes llegamos a estos lares movidos por el proyecto cristiano original, doctrinalmente, no tenemos otro camino más, que marchar por la excitante realidad de la política, la economía, la cultura, el arte y la ciencia. Ese es el territorio en disputa frente a las fuerzas y potestades de dominación capitalista transnacional. En síntesis, no se debilita el movimiento social porque un dirigente asuma una responsabilidad administrativa, se debilita porque el movimiento no educa políticamente a sus miembros. Si eso se atiende, otro gallo nos canta.
Por: Juan López, Pedagogo. Honduras. Foto portada: Culturas vivas (Tricontinental). Julio 13 de 2022