Por: Aymé Quijia Luguaña
Pueblo Kitukara
30 de julio de 2018
El orgullo de la identidad es parte de la esencia de nuestros pueblos, el mantener la pertenencia, ha significado un caminar con espinas y aprendizajes de vida, que no se debe dejar de lado. Mucho más aún cuando se vive y se está cerca de la ciudad, cuna del coloniaje, espacio dónde se percibe y vive un alto grado de discriminación ante el desconocimiento del otro, ante la ignorancia de mirar más allá de un circulo mental individual.
Desde la niñez, escuchas en las escuelas: él no hable arrastrado con rr, sea civilizado, este indio e india, bestia, no diga eso, no tenga el cabello largo, no hable en kichwa, venga con zapatos, o si eres más o menos obscurito u obscurita te dicen: mama Eufrosina, mamá de Memín, si hay más de uno susurran, aquí se siente a chivo, o por tu apellido ve longuita sin conocer el significado de este término, lo usan de manera despectiva. Tantas palabras, actitudes, maestras que protegen a las niñas más blanquitas. A eso, uno como niño/a no sabe cómo reaccionar, se levanta la voz y se lo castigaba, se lo miraba de mala manera y hasta recibía maltratos haciendo que uno agache la cabeza, sin entender, pero siempre se ha mantenido la mirada de frente, mirando a los ojos.
En la juventud, ya en las aulas estudiantiles, antes que no había la defensa de los derechos, la reivindicación, el lujo de tener un apellido desconocido para algunos, decía ve este… tal o cual, en los buses y la calle se nos llama María, cuando quieres coger un taxi, no se detienen, son casos que parecen lejanos pero que están latentes. Todos estos ejemplos son los más comunes, que se ve a diario, se lo siente, muchas veces se dice yo no me siento discriminado, a mí no me llegan esas palabras y situaciones, pero solo basta mirar alrededor y uno lo ve; sin embargo, a pesar de todas situaciones, en cada espacio hemos reivindicado nuestra cultura, identidad y nuestros derechos.
Por ello, es prioritario retomar nuestras raíces, mantenerlos y revalorizarlos, tomando en cuenta que en cada caso es distinto, en el Pueblo Kitu Kara, el fortalecimiento identitario ha consolidado un proceso no solo individual sino también colectivo de autodeterminación y reivindicación, latente no solo en las parroquias, comunas y comunidades presentes en lo rural sino en lo urbano. Esto ha permitido que se vaya concientizando la diversidad cultural, histórica y de saberes, se reconoce que persistimos, algunos manteniendo su autodefinición clara, otros encaminándose en el proceso y muchos intentando re mirar aún a sus raíces.
No por ahora utilizar otro vestuario, significa que ya dejamos de ser de parte de nuestro pueblo o nacionalidad. Es difícil escuchar que nuestros padres sufrieron la discriminación por lo que llevaban puesto, que les hicieron cortar sus trenzas, que les prohibieron hablar el idioma; por estar cerca, o medianamente cerca de la capital. Oír que nuestras abuelitas trabajaban en las haciendas que eran maltratadas y no alimentadas, duele, como aquel acial que les carcomía la piel. Escuchar decir que las llevaban como empleadas a las casas de las niñas, llevando escondido granitos de maíz tostado en tiesto para mitigar el hambre, que raspadan la olla de cocolón, o que las maestras les decían que dejen de usar esas ropas viejas y que se modernicen, son pautas para ver que pudieron prohibir todo, menos esa férrea voluntad de pertenecer a un pueblo, de gritar y defenderse.
Ante esto, lo vital es que cada uno de esos relatos, ha hecho que se levante la voz. En la mayoría de los casos los más fuertes decidieron reivindicar sus derechos, a través de ir impulsando manifestaciones culturales, que les permitan visibilizar lo que somos y seremos pueblo con historia y tradición, con identidad y resistencia. Hoy, poco a poco vamos sumando, tomando conciencia de nuestra procedencia y disminuyendo esa brecha llamada discriminación. Nuestro orgullo, nuestra identidad, nos da la valentía de continuar nuestra lucha por los derechos frente a este estigma constante.