Por: Walter Carrillo Darquea
Gestor Cultural, Músico
Septiembre 15 de 2020
En los años 80, el nicaragüense Orlando Nuñez, escribe su libro “la Insurrección de la Conciencia” y comienza diciendo: “hasta ahora los revolucionarios no ha hecho más que transformar el mundo, se trata también de crear uno nuevo…Se requiere, por ende, incidir tanto en el mundo material como en el espiritual, en el colectivo como en el individual, en el social y en el cotidiano, en el objetivo y en el subjetivo” (Nuñez, O. pp9).
Nuñez se refería a las vías del socialismo y al papel de los revolucionarios: La creación de un mundo nuevo no debería confundir revolución con renovación, y las estrategias de transformación, deberían incluir la insurrección de las masas y de su conciencia. En este proceso, insurreccionar el Ser y el quehacer de los revolucionarios, es fundamental para no seguir culpando a la realidad de todo lo que sucede.
La globalización neoliberal ha incidido en las transformaciones de las que habla Orlando Nuñez, y en este siglo y milenio no han sido las revoluciones, el socialismo o las utopías, sino los empresarios y las corporaciones, de la mano de las ciencias, quienes han transformado el mundo y han creado uno nuevo; claro está, a imagen y semejanza de la acumulación capitalista.
En las estrategias para crear una nueva realidad, a imagen y semejanza de la Vida en abundancia, deben seguir vigentes las pretensiones de insurreccionar el Ser y el quehacer de los sujetos políticos o sociales; no se puede negar que el amor, la compasión, la fraternidad, la solidaridad, la cooperación o la armonía, como factores de insurrección de la conciencia; están por arriba de la lucha de clases, la democracia, la paz, el feminismo o el crecimiento económico; si lo negamos, estaríamos destinados a desaparecer como especie, porque siendo todos enemigos, no tendríamos ninguna posibilidad de aliarnos creativamente con nadie, o de establecer consensos ni siquiera con nosotros mismos.
Sin negar las contradicciones del mundo feliz globalizado, ni las posibilidades que brindan las luchas sociales de los desposeídos, se vuelve indispensable repensar e inventar nuevas situaciones. Sabemos que el Estado, el mercado o el patriarcado, son incapaces de crear una nueva conciencia que potencie alternativas de Vida; por lo que la lucha contra el régimen de turno, sin luchar al mismo tiempo contra la cultura y la civilización enajenadas que hemos heredado (Nuñez; 20), es una vía infructuosa.
El siglo XXI, es para repensar la existencia, incorporando en nuestro quehacer, un pensamiento crítico y autocrítico de forma simultánea. Las élites políticas o económicas, l@s líderes/as sociales, las academias y l@s ciudadan@s comunes; requerimos al mismo tiempo, desarrollar una pedagogía crítica y autocrítica que nos permita transformar nuestras formas de pensar, sentir y actuar.
Crítica y autocrítica, no son aspectos naturales; requieren ser aprendidas para que los seres humanos seamos más responsables de lo que decimos, escribimos o decidimos. Las ventajas son grandes en términos de felicidad personal y comunitaria. La crítica permite leer el mundo, incluso científicamente, y la autocrítica permite mirar el grado de responsabilidad que cada uno tenemos en el devenir de la existencia.
No para culparnos, sino para aceptar la realidad; sin resignación, y para emprender en la construcción de nuevos sueños posibles, activando creativamente los compromisos requeridos. Probablemente las utopías y los grandes relatos deban ser subsumidos por las pequeñas iniciativas, que permitan unir a mediano y largo plazo: los gestos de solidaridad que hemos vivido en la pandemia de este 2020, las ideas creativas individuales y colectivas para enfrentar la supervivencia, el amor y la ternura que ha despertado el confinamiento y, la evidencia de las grandes brechas sociales.
Este camino alberga la esperanza de que los individuos, en cualquier situación que se encuentren, puedan insurreccionar su conciencia, rebelarse a sí mismos, para hacer todo lo que tengan necesidad u obligación de hacer, sin causar daño a los demás y a su entorno. Como decía Susan Sontag: Hacer nuestro el dolor de los demás, pero en una perspectiva del mundo sin amos y sin esclavos.
Hoy la Pachamama generosa, exige a cada uno de sus hijos e hijas nuevos e imaginativos compromisos con la Vida.