Por: Galo Ramón Valarezo
Pueblo Palta, Historiador
Mayo 02 de 2020
Foto portada: Antigua Plaza Central de Loja, archivo histórico del Banco Central – Loja, portal Proyecto Viva el Ecuador
Si hoy preguntáramos por cuál fue la provincia del Ecuador que se llamó “Flores” por un par de años en el siglo XIX, y que para ofrecerles mayores pistas, les dijéramos que su capital provincial tuvo en las postrimerías de siglo XIX y en el primer tercio del siglo XX, casi por 50 años como sus parroquias a La Libertad, La Paz, Valladolid, La Victoria, Arsenio Castillo, Miguel Riofrío y Eguiguren, muchos no podrían adivirnarlo, incluso si consultasen al doctor Google. Curiosamente, esa es la provincia de Loja, y parte de sus parroquias rurales, en su orden, Changaimine, Quilanga, Malacatos, Vilcabamba, Yangana, Taquil y Purunuma. Qué había pasado para que a estos antiguos asentamientos, la mayoría de raigambre indígena, se los rebautizara de tal manera, y por qué razones se retomó la antigua toponimia? Igual pasaba en varios cantones. Por ejemplo a Paltas se quiso rebautizarlo como cantón Lourdes, a Sabiango se le puso “La Capilla”, a Pindal “Federico Páez”, a Olmedo se le colocó “Santa Bárbara” . Otros, lo hicieron sin retorno: Urazhi se cambió por Mercadillo, a Paquishapa se lo nombró como Urdaneta, y a Chinchanga se intentó rebautizarlo como “Lavadero de Oro”, pero se quedó finalmene en Lauro Guerrero.
El nombre de “provincia de Flores” que tuvo Loja entre 1842-44, fue el producto de la crisis lojana y del oportunismo de su élite, dispuesta a masajear el ego de cualquier caudillo militar para lograr mayor autonomía provincial. La élite consideraba que su dependencia de Cuenca era la causa de la crisis, y que, en la nueva situación postindenpendentista, dada su escasa influencia nacional, lo mejor era congratularse con el caudillo militar Juan José Flores, sacrificando incluso el nombre de la provincia de la que decían estar orgullosos. Esa posición oportunista, la tuvieron en la independencia, cuando de la noche a la mañana dejaron de ser realistas para apoyar la independencia cuando ésta era irreversible, y cuando victoriaron a Bolívar y proclamaron apoyarlo si se declaraba dictador, todo ello, por la ansiada autonomía provincial.
El cambio de nombres de las parroquias y cantones a finales del siglo XIX, se produjo como la búsqueda por borrar el pasado indígena al que consideraban denigrante, buscaban modernizarse aunque sea en el nombre, se acudía al santoral cristiano como en el pasado colonial y se buscaba crear un nuevo civismo alrededor de prestantes personajes locales. En ello había un acuerdo de toda la elite, tanto de conservadores, como de liberales. Por ejemplo, en el periódico “El Ideal Lojano”, en el peor estilo del “darwinismo social criollo” se planteó la necesidad de impulsar la inmigración de extranjeros a Loja “para mejorar la raza indígena y negra, ambas sumidas en los vicios” (Publicación del 1 de enero de 1917), cuestión que volvió a plantearse en el periódico “El Heraldo” del 29 de noviembre de 1921. En esta misma línea racista, unos años antes, los militares del gobierno liberal, apresaban a los indígenas para “acarrear agua, conducir víveres y barrer los cuarteles” según lo denunció el periódico “El Republicano” en marzo 2 de 1900.
El nombre de las parroquias del cantó Loja fue devuelto el 23 de agosto de 1940 por el Municipio de entonces, dirigido por el Dr. Z. Alfredo Rodríguez. La Ordeanza señalaba que “al elevar a la categoría de parroquias a algunos núcleos de población conocidos con nombres antiquísimos, el Concejo Cantonal les ha dado otros que no guardan conformidad con la tradición, la costumbre y el uso de los pueblos, lo cual dificulta en muchos casos, la constatación de hechos históricos y sirve para entorpecer las investigaciones lingüisticas en torno a los orígenes de nuestra nacionalidad”. Un artículo publicado en El Comercio de Quito el 28 de octubre de ese año, y reproducido por el periódico “El Municipio Lojano” destaca que: esos nombres puestos en varios lados del país por un falso sentido de la modernidad atacaban la identidad, la historia y las costumbres de la población que continuaban conociendo a sus lugares con los antiguos nombres. Comentan que “Por esto, Loja defiende la tradición, la costumbre y el uso de los pueblos y sale por las excelencias de la historia”. Era sin duda, el producto del “terrigenismo” que vivía el país, como lo denominaron Quintero y Silva, que buscaba reconocer la peculiaridad histórica de América Latina, la búsqueda de la identidad nacional y la crítica al colonialismo, que se desarrolló básicamente en la literatura ecuatoriana de los años 30-45. Por su parte, la disciplina histórica de esos años, había incoporado el método lingüístico en el estudio de la toponimia, aunque con un método demasiado elemental. Lamentablemente, tanto el terrigenismo de aquellos años, como el método lingüistico, solo alcanzaron para recuperar los nombres de algunos pueblos.
El cambio de nombres o mezclarlos, junto a la refundación de ciudades fue la forma de borrarnos la memoria de nuestra historia y cambiar nuestras identidades sagradas para consolidar la pertenencia a una cultura religiosa foránea que nos esclavizó. Esto es un oprobio.
Por ejemplo, mi ciudad se llama Irapuato de San Marcos. El primero es pur’epecha del cual me siento profundamente orgulloso por su significado. El segundo pertenece al evangelista Marcos, uno de los 4 inventores del cuento sobre el Jesús inexistente. Lo que pretendo decir es que sobre la verdad de nuestros nombres, los españoles pretendieron con otros falsos, quitarle la sustancialidad a nuestra historia.
Y sucede lo mismo con miles de ciudades, pueblos y comunidades de Abya Yala. Yo crecí con la idea de que antes de la invasión española, de acuerdo con la versión oficial, la región donde vivo era agreste, poblada por violentas tribus nómadas en estado primitivo sin organización social alguna que practicaban cultos salvajes y degenerados, emparentados con la brujería satánica del medioevo.. los criollos llamaban chichimecas a esos grupos dispersos y los consideraban poco menos que perros. Hasta el sustantivo chichimeca lo degeneraron. Esta falsa historia es sostenida hoy por el mismo Instituto Nacional de Historia y Antropología, pero gracias al empeño pertinaz de un antropólogo amigo sabemos que aquí se asentó durante miles de años Aztlán, la matriz de las culturas mesoamericanas, destruída en su totalidad, en un intento por borrar para siempre cualquier vestigio de nuestros orígenes. Las autoridades españolas trajeron a esta zona criminales y gente tosca y les encomendaron la tarea de destruir todos los asentamientos humanos anteriores. Esta destrucción fue de tal magnitud que para el siglo XVII no quedaban mas que esos grupos aislados y perseguidos como animales, sin organización social. Siempre me he preguntado qué hubiera pasado con nosotros si en vez de fanáticos e ignorantes, hubieran encargado la conquista a gente como Cervantes de Saavedra, Garcilaso De la Vega o al médico Francisco Hernández, que escribió un testimonio asombroso sobre la medicina natural de nuestros pueblos considerándola mas avanzada que la europea, e incluso afirmó que los «sacrificios» no eran tales sino prácticas de disección de cadáveres con la intención de desarrollar una anatomía del cuerpo para aprender sobre su funcionamiento; o al científico médico Francisco Valles, creador de la anatomía patológica. No debemos olvidar que la iglesia en esa época no era muy partidaria de practicar una medicina fisiológica y no veía con buenos ojos la disección. O al astrónomo Galileo Galilei, para que diera fe de las observaciones astronómicas basadas en estudios matemáticos muy avanzados de mayas, mexicas e incas, que consideraban a la tierra no el centro del universo y se movía de acuerdo a ciertas leyes mecánicas fijas, tal como se asienta en las múltiples piedras del sol mal entendidas por los actuales antropólogos..
Sin temor a equivocarme, estaríamos contando una historia mas humana, mas científica y mas artística de nuestros asombrosos pueblos milenarios. Pero el antropocentrismo europeo no lo podía permitir.
Gracias por su página que nos permite estas reflexiones que permiten ofrecer otra dimensión de nuestros orígenes. Saludos cordiales.