Sin duda son los indígenas los que mueven el país. Ahora están dialogando con el gobierno, su importancia constituye por sí solo un logro, pero se pueden hacer algunas observaciones. Se hubiera esperado que las demandas planteadas vinieran desde el movimiento de trabajadores, pero estos no aparecen como aliados. Tal vez, es, según se dice, que el levantamiento fue auspiciado por el correismo, cosa que a los obreros no gusta.
Algo más, solo dos puntos del diálogo tienen que ver directamente con las demandas indígenas. Se hubiera esperado un clamor para que el gobierno decidiera sobre un Estado más abierto y más inclusivo, por ejemplo que se pidiera el reconocimiento al derecho a una nacionalidad propia. También se hubiera esperado que se expusieran los derechos de las comunidades tradicionales aunque no cerradas a tecnologías nuevas, a teléfonos móviles e interconecciones a nivel global.
En contraste, los kichwas de la Sierra Central, reunidos en el VII Congreso de la Ecuarunari, se muestran decididos defensores de su identidad histórica, de su comunidad como organización social coherente, de su lengua, máxima expresión de pertenencia, su cosmovisión especial, su tierra recortada y empobrecida, su cultura como ecología popular, etc. Además cuestionan al Estado y al proceso transnacionalizador que se apodera de sus territorios. Reivindican símbolos de su historia, el evento se llamó Lázaro Condo Lema, inolvidable luchador por la tierra. Significativamente el Congreso se efectuó cerca de Tepeyak, sitio donde por primera vez se conformó la Ecuarunari.
Pero hay algo más que mueve el país y que viene de los indígenas. El mundo está con la mirada puesta en la Corte Interamericana de Derechos Humanos que en su 150 período de sesiones del 23 de agosto, evalúa la responsabilidad del Estado ecuatoriano sobre el genocidio que se cierne constantemente sobre los tagaeri y los taromenani. Qué estén en aislamiento voluntario, que pertenezcan a la gran tribu de los waoranis, no quiere decir que no sean ecuatorianos.