Por: Rosendo Yugcha Changoluisa
Pueblo Kitukara, Comunicador Social
Desde el barrio
Marzo 11 de 2020
La palabra “raymi” ha logrado introducirse dentro del precario conocimiento que el mundo mestizo tiene de su ser ancestral, como un sinónimo de fiesta, celebración y baile, sin atreverse a ir más allá por la premura de continuar la supervivencia que le impone la dictadura del libre mercado reinante. Intentaré una aproximación a estos saberes, desde el pensar haciendo y hacer pensando que mantenemos por 25 años en el barrio.
Todas las culturas están vinculadas directa o indirectamente con la vigencia de un ciclo agro astronómico que organiza el espacio tiempo de acuerdo a los equinoccios y solsticios. Esto determina la existencia de cuatro raymis relacionados con cuatro momentos importantes: la siembra, el brote, el florecimiento y la cosecha; y cuya vivencia personal y comunitaria, le permiten al ser humano entender su relación espacio temporal con el pariverso.
Desde el horizonte andino el tiempo occidental resulta aburridamente lineal, atiborrado de crisis, incertidumbres, guerras y pandemias. El tiempo andino en cambio gira; en un reencuentro cíclico permanente del presente, pasado y futuro, expandiendo al infinito la espiritualidad humana, conectándola con la totalidad: cosmos, naturaleza y humanidad. Por eso, encapsular occidentalmente cada raymi en un principio y un fin, es forzar un ejercicio mental que sólo serviría si contribuye a construir y fortalecer una identidad urbano ancestral y comunitaria desde y en un territorio complejo como lo es un barrio. A continuación, esta arbitraria disección del espacio tiempo andino, que nos ha permitido hasta ahora mantener una expectativa y referencia sobre los raymis.
Luego de la cosecha en junio y la limpieza del terreno con la quema de los rastrojos, se prepara la tierra para la siembra. El equinoccio de septiembre anuncia el inicio de otro ciclo agrícola, es el tiempo espacio del Kuya Raymi, de la feminidad, la luna, del intercambio de semillas. Con el solsticio de diciembre encontramos los brotes, las plantitas en la tierra que nos invitan a valorar lo justo de la vida que siempre renace en lo más pequeño, es el Qhapaq Raymi. Lo sembrado florece en el equinoccio de marzo que enciende y purifica, es el Pawkar Raymi, se enciende el fuego nuevo Mushuk Nina, se cosecha de los granos tiernos y el agua con las flores bendicen. Con la cosecha se completa el proceso, se celebra y comparte desde junio hasta julio en el Inti Raymi, que quizá sólo es sólo el preámbulo del inicio de otro ciclo de vida.
El Pawkar Raymi nos invita a valorar el saber de los abuelos y abuelas que se renueva en la lumbre que ilumina, en el humo que envuelve y el agua que purifica los deseos y compromisos con el “tumarina”, que es, la bendición máxima de este momento. En este espacio tiempo se origina el compartir de los granos tiernos que ha devenido quizá en lo que ahora conocemos como la fanesca. Cada raymi, es un reencuentro personal y comunitario con la presencia viva de los ancestros de todas las culturas en las historias de los pueblos, comunas, comunidades y barrios; que reafirman la necesidad de continuar el camino hacia la plenitud y bienestar al que toda la humanidad está invitada; privilegiando lo natural a lo artificial, lo sano a lo perjudicial, lo espiritual a lo material, lo justo al desequilibrio, en resumen lo que defiende la vida y denuncia y resiste las sombras de la muerte.