Por: Raúl Pintos
Artista y docente
Febrero 19 de 2020
El Neoliberalismo o “la privatización del mundo” es un movimiento ideológico de las élites que busca la destrucción de todo recurso simbólico y material que potencialmente pueda servir para la creación de vínculos entre iguales, para crear o imaginar lazos de unidad, de solidaridad y acompañamiento. Por el contrario, esta ideología instala la lógica del aislamiento, alimentando separaciones entre pueblos, países, entre colectivos, entre clases, entre individuos.
Una de sus principales consignas busca la abolición de la política; y para negarla cualquier recurso es valido. Su inagotable persistencia por desacreditarla ha terminado por acuñar como sinónimos política y demagogia, política y violencia, política y corrupción. Banalizar la política es otro de sus recursos. Como distorsionar el debate de temas importantes o hasta ventilarlos en los espacios de farándula. Pero cuando no puede o ve en ella una oportunidad, la convierte en un “producto de mercado” que promociona con todos los recursos disponibles del marketing electoral.
Con eso el modelo intenta formar una ciudadanía que no participe de la política. Y no solo que no participe, sino que la rechace por contaminada.
Es que no hay ciudadano más funcional al modelo que el ciudadano apolítico. Aquel que permanece al margen de cualquier discusión sobre las tensiones que toda sociedad atraviesa; aquel que camina por la vida mirándose el ombligo sin advertir lo que ocurre a su alrededor; aquel que solo busca solucionar su vida personal sin asociarla a lo colectivo. El que ha sido aleccionado por el modelo a ver sus logros como producto de su propio esfuerzo. Y al ver su talento personal como el único motor para avanzar en la vida, descarta la intervención de la política en la construcción de soluciones colectiva.
De ahí que uno de los principales desafíos a los que este modelo nos convoca es el reto por salvar la supervivencia y el sentido de la política. Porque ella es el único camino a través del cual las sociedades avanzan hacia niveles de bienestar.
Y para alcanzar esos niveles, el principal obstáculo que enfrentamos como sociedad es la vergonzosa desigualdad sostenida por este modelo.
La violencia económica con que actúa el neoliberalismo ha provocado un cambio estructural profundo en la población mundial: dos mil personas concentran la misma riqueza que cuatro mil seiscientos millones. ¿Que diría Nelson Mandela ante este apartheid universal que condena al 90% de la población mundial a la marginación?
Podría tener cierta lógica que alguien tenga una empresa, una casa… Que alguien tenga poco más que otro. Pero que unos tengan tanto como para ser dueños del 30% del planeta y otros no tengan nada; y que esto sea visto como el orden natural de las cosas, es una derrota cultural para toda la humanidad; derrota de la que debieran responder las instituciones que a lo largo de la historia han trabajado para construir y justificar esa desigualdad : Las Iglesias, las Universidades, los Espacios de Investigación y Divulgación Científica, los Partidos Políticos…
Todo proyecto que intente desarmar esa cultura de la desigualdad será cuestionado por el modelo dominante, definiéndolo como “inaplicable, poco realista” o en el peor de los casos: violento, ideologizante, radical o subversivo. Tarea en la cual contara con el aporte de los grandes medios para construir un “sentido común” que busca convencer a la opinión publica que la violencia NO está en la desigualdad, sino en todo intento de superarla.
Y cuando, ante la sordera, la respuesta es la movilización; cuando la resistencia ante el poder se organiza a partir de la ocupación de los espacios, en una búsqueda por hacer visible lo que se pretende ocultar. Cuando se hace presencia allí donde el poder intenta crear ausencia, invisibilidad, silencio y olvido. Cuando viene el caos, solo entonces, el modelo empieza a hablar de “paz social”.
Pero al hablar de paz, el neoliberalismo no está debatiendo sobre la necesidad de superar la desigualdad sino la de fortalecer el sistema represivo.
La ofensiva inicia con la creación de nuevos enemigos, algunos de consistencia casi fantasmagórica; lo que justifica la construcción de nuevas fronteras. Fronteras que ya no solo son límites físicos sino también – y sobre todo- sociales, económicos y hasta de clases. Caratulando de “ideología” a todo lo que no forma parte de la doctrina dominante; como si el neoliberalismo no lo fuera también. Y cuando el poder duda de triunfar en el terreno del lenguaje, comienza entonces una creciente militarización de la vida social; otorgándole al estamento militar un protagonismo cada vez mayor en la resolución de conflictos de carácter político.
Aparece así un poder que sin ninguna legitimidad democrática, pretende callar la voz de su pueblo desplegando un aparato represivo y judicial que vulnera el estado de derecho y todo rastro de legalidad. Instalando el mensaje que los derechos humanos no son un límite infranqueable; sino que hay un bien superior. Un bien que está por encima de las personas y sus derechos: el Orden Establecido, es decir el Orden de la desigualdad.
La ofensiva se completa con una estrategia comunicacional que busca desconocer la naturaleza política de los reclamos; lo que permite crear un escenario de impunidad en el que el poder deslinda su responsabilidad en los resultados fatales de la represión y con el que además deslegitima el derecho a la protesta; tildándola de actividad delictiva; presentando a los muertos como producto de un acto legitimo: “estaban delinquiendo y la fuerza pública actuó dentro de sus competencias”, etc.
Una vez instalado este relato, “morir” ya no es un límite moral, sino parte de un cálculo de probabilidades. Y entonces se comprende claramente que la “ paz social “ a la que aspira el neoliberalismo no es la paz de la democracia sino la paz de los cementerios.