Violencia, impunidad y elecciones 2026: ¿qué democracia le espera a América Latina?
Por: Jorge Ramírez. La vida es lucha y se lucha siempre
Tatacuazín
El Tatacuazín no grita: observa, piensa y muerde cuando hace falta
En las comunidades, en los barrios, en las asambleas, en la camioneta y en las redes sociales, hay un pensamiento que se repite y se repite: la democracia no alcanza. Se vota, se elige, se cambia de gobierno, pero la vida, nos parece que sigue igual —o peor— para la mayoría. La violencia se normaliza, la impunidad se vuelve ley y el miedo empieza a mandar.
En Guatemala, ese malestar tiene memoria histórica. No empezó con la última elección ni con el último gobierno. Viene del conflicto armado, del genocidio hacia el pueblo Maya, de la justicia que se manipula por los poderosos. Aquí, la democracia aprendió a ponerse “tacuche y corbata” para esconder manos sucias.
La anulación de la sentencia por genocidio en 2013 no fue un simple tecnicismo jurídico. Fue una advertencia para normalizar la impunidad; incluso cuando la verdad se abre paso, el poder puede cerrarla de golpe. Las víctimas del pueblo maya ixil ganaron en dignidad y memoria, pero el sistema dejó claro quién manda. Desde entonces, el libreto se repite: persecución judicial selectiva, desmantelamiento de fiscalías incómodas, exilio de jueces y periodistas. El llamado “modelo Guatemala” se convirtió en manual regional. Se impuso la necropolítica.
Para los pueblos, especialmente para los pueblos originarios, cada elección bajo este esquema no es promesa, es un riesgo. Se reciclan los mismos operadores del extractivismo y la represión, ahora con legitimidad electoral.
Esta fue la motivación para que RiksinakuyTV Internacional, medio digital comunitario e internacional, dedicara un programa especial para alertar lo que se tejen desde los grupos de poder.
El tablero electoral latinoamericano en 2026
El 2026 es un cruce de caminos continental donde se juega algo más que presidencias. En Brasil, una potencia regional con más de 200 millones de habitantes y una economía clave del Sur Global, la disputa se da entre una continuidad reformista limitada y una restauración conservadora que busca regresar tras el intento de golpe de 2023. El agronegocio, el capital financiero, sectores militares y evangélicos presionan para cerrar cualquier posibilidad de cambio estructural, mientras la desigualdad y la violencia urbana siguen marcando la vida cotidiana. El PT, con el liderazgo de Lula y el apoyo del más grande movimiento campesino del mundo, el MST, tendrán la palabra.
En Colombia, el primer gobierno de izquierda llega desgastado a las próximas elecciones. La violencia territorial persiste, el extractivismo sigue intacto y la dependencia histórica de la agenda de “seguridad” estadounidense pesa sobre el proceso electoral. El discurso del orden vuelve a imponerse, desplazando el debate sobre derechos y transformaciones profundas.
En Costa Rica, la imagen de democracia estable muestra grietas evidentes. El debilitamiento del Estado social, el avance del crimen organizado y los choques entre poderes han erosionado la confianza ciudadana. El escenario electoral se mueve entre un proyecto personalista–neoliberal y una fragmentación política que amenaza la institucionalidad.
En Perú, la inestabilidad es norma. Nueve presidentes en una década, un Congreso destituyente y un Estado capturado por élites económicas reflejan una crisis profunda de representación. Aunque se habla de “reinicio político”, las elecciones ocurren dentro de un sistema que bloquea cualquier cambio real.
En Haití, la democracia apenas sobrevive como palabra. El Estado perdió el control del territorio, la violencia armada domina la capital y la soberanía es mínima. Si hay elecciones, serán bajo emergencia permanente e intervención extranjera, cuestionando de raíz la idea misma de democracia formal.
A este tablero hay que sumarle las elecciones presidenciales en Estados Unidos, en noviembre de 2026. Lo que ocurra ahí puede reconfigurar el tono, la intensidad y la política injerencista hacia América Latina. No habrá un “cambio significativo”, gane quien gane, Estados Unidos seguirá defendiendo sus intereses. Por eso, las elecciones latinoamericanas de 2026 no pueden leerse sin este telón de fondo: una potencia imperial en disputa interna, que utiliza nuestra región como patio de maniobras políticas, económicas y geopolíticas.
El clima común: democracia vaciada y malestar popular
Más allá de las diferencias nacionales, el cuadro regional comparte rasgos claros: crisis de legitimidad del Estado liberal, crecimiento de la violencia y control territorial, fragmentación política y una distancia cada vez mayor entre democracia formal y vida real.
La derecha autoritaria avanza capitalizando miedos reales: inseguridad, inflación, corrupción. Ofrece respuestas simples: mano dura y orden, mientras deja intactas las causas estructurales: explotación, despojo, extractivismo, desigualdad, dependencia y concentración de la riqueza. La política se reduce a administrar el miedo y la democracia se vacía de contenido.
La Doctrina del Shock en versión latinoamericana
El Tatacuazín huele algo conocido, el shock como política para inmovilizar. Hoy la Doctrina del Shock llega con miedo, ruido y prisa. Primero, el golpe de seguridad: violencia desbordada, amenazas, estados de excepción. La gente se pregunta quién manda y qué es verdad. En ese vacío, se gobierna por excepción. Luego viene el ruido. Pantallas llenas, rumores, intrigas, “guerra cognitiva”. La confusión no es error: es método. Confundir para desmovilizar.
Y cuando la sociedad está paralizada, entra la receta económica: apertura acelerada, privatización, “normalización” de inversiones. Se promete orden mientras se reordena el país para el capital. El caso de Venezuela lo muestra con crudeza: el petróleo como nervio del conflicto, la disputa geopolítica con China y el bloque de los BRICS, y un discurso que mezcla narcotráfico, democracia y seguridad para justificar la intervención.
La Doctrina Monroe ya no necesita marines visibles. Ahora opera con sanciones, financiamiento selectivo, presión económica y apoyo abierto a campañas afines. Honduras cerró el ciclo: del golpe militar de 2009 a la farsa electoral tutelada desde afuera. El mensaje es claro: solo gobierna quien no estorba.
Guatemala no es excepción; es laboratorio. Aquí la alianza necropolítica, llamada pacto de corruptos, perfeccionó el arte de gobernar con ropaje democrático y fondo autoritario. El discurso de “seguridad” tiene blanco definido: los territorios indígenas. Se generan mecanismos de control de las comunidades bajo el pretexto del narcotráfico, mientras el verdadero objetivo es despejar el camino para hidroeléctricas, mineras y agroindustrias. La impunidad por la criminalización de jueces y defensores del territorio no es falla del sistema: es su función.
Los pueblos vivimos un doble cerco: Estados capturados desde adentro y un orden geopolítico que protege al capital transnacional desde afuera.
Caminar la palabra
Frente a este escenario, Tatacuazín expresa: no fetichizar las elecciones, utilizarlas para acumular fuerza. Son un momento, no el fin. La tarea pasa por construir poder desde los territorios, poder popular, fortalecer asambleas, economías circulares y gobiernos comunitarios, tejer autodefensas integrales —jurídicas, comunicacionales, alimentarias— y disputar el sentido común. Convertir el malestar en conciencia y la indignación en organización.
La participación electoral puede servir como tribuna, no sustituto del poder popular. La democracia que necesitamos no se administra: se funda. Plurinacional, comunidad, desde abajo.
Y nada de esto camina sin internacionalismo de los pueblos. Redes sur-sur, solidaridad activa más allá de gobiernos y denuncia global del extractivismo que mata territorios y culturas.
En este ciclo electoral, el desafío de fondo está en la soberanía real, frente a una arremetida directa del imperialismo norteamericano, que no oculta su intención de disciplinar gobiernos, territorios y economías. Defender la soberanía hoy es una lucha concreta por el control del territorio, de los bienes comunes, de las decisiones económicas y del rumbo político. Sin soberanía, las elecciones se convierten en ritual vacío; con soberanía popular, incluso las elecciones limitadas pueden ser campo de disputa.
Cuando Tatacuazín enciende el fogón
No nos preguntemos solo quién ganará en Brasil o Colombia. Preguntémonos qué proyecto gana: el de la vida o el de la muerte.
Las elecciones bajo violencia, impunidad e intervención son espejismos. La democracia real brota de la tierra organizada, de la asamblea comunitaria, de la memoria que se niega a ser borrada. No venceremos solo con los sistemas electorales de hoy en día. Venceremos cuando cada comunidad sea una célula viva de poder popular, capaz de sostener la vida frente al capital y el imperio.
Si la democracia llega con miedo, show, control, sanciones y promesas… ¿de verdad llega para quedarse, o solo viene a llevarse lo que queda?
¿Qué piensa usted?
Caminar despacio también es llegar lejos, lo dice el Tatacuazín.
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