En esta época en que se ha puesto de moda hablar de robos al Estado, robos que se disfrazan de evasión y/o elusión tributaria, vale la pena recordar un evento histórico del que la mayoría de los ecuatorianos conocimos la versión oficial, histórica e indiscutible.
El historiador Luis Andrade Reimers cuenta, basado en las crónicas de los propios españoles, que la historia del rescate de Atahualpa, que consistió en dos habitaciones llenas de oro y plata que se repartieron las tropas españolas luego de capturar y asesinar a Atahualpa, no fue ningún rescate sino un robo que habrían hecho al Rey de España.
En la escuela, con estupor, escuchamos cómo, capturado Atahualpa por las tropas de Pizarro y, sabedor el Inca de la codicia de los españoles, les habría ofrecido en oro y plata lo que cupiera en dos habitaciones hasta la altura de su brazo.
Según el relato, los españoles recibieron el oro y, en lugar de dejar libre al soberano, le entablaron un juicio espurio que dio como resultado su condena a muerte en la hoguera, a menos que aceptara bautizarse, en cuyo caso se canjearía la sentencia por la más cristiana del garrote vil. Al ser informado el Inca de la sentencia, habría aceptado ser bautizado para evitar ser quemado.
Luego de realizar el magnicidio, la soldadesca se habría repartido el oro y la plata, depositando previamente, en forma muy escrupulosa el “quinto real” que se habría de transportar a España para ser entregado al monarca.
Dice la leyenda que ninguno de los magnicidas murió en su cama, en paz.
La historia, en realidad, habría ocurrido de una forma un tanto diferente:
Atahualpa, asombrado de las historias que le habría contado Fray Vicente Valverde sobre plantas y animales útiles que había en España, así como de la calidad del acero de las armas y herramientas con que contaban los extranjeros, de la capacidad de los cronistas de recoger por escrito las conversaciones e instrucciones de Pizarro en tablillas de cera que luego se pasaban a pergaminos, pero también de la codicia con la que miraban los adornos de oro y plata, habría resuelto proponer que le llevaran a su prestigioso señor, el Rey de España, una gran cantidad de oro y plata para que, a cambio, el monarca enviara a estas tierras artesanos conocedores del arte de fabricar armas e instrumentos de acero, de enseñar a su súbditos el arte de la escritura y de importar ganados útiles.
Por supuesto, los españoles se mostraron encantados de que el poderoso soberano del Tahuantinsuyo les permitiera irse con vida de sus tierras, llevándose además un tesoro inimaginable de piezas de oro plata y piedras preciosas que deberían escoltar hasta el viejo mundo.
Habría sido Almagro quien les habría hecho caer en cuenta de que si se limitaban a escoltar la enorme fortuna a España, el rey ni siquiera les agradecería y enviaría a entrevistarse con el inca a los nobles españoles y ni Pizarro y menos aún las tropas conseguirían una pequeña pizca de esa fortuna que les habría pasado como agua entre los dedos.
No le habría costado mucho trabajo a Almagro convencer a los aventureros españoles de repartirse el tesoro de Cajamarca, separando el impuesto debido al Rey de España por el pago del rescate, que era el equivalente a la quinta parte del botín.
Resuelto el atraco, debían inventar una explicación plausible y de eso se habría encargado el propio Almagro; dicha explicación sería la historia que nos enseñaron en la escuela.
¿Por qué recordar algo de nuestro remoto pasado?
Solamente porque en el caso de los robos de los que se habla hoy en los Pandora Papers, así como en el rescate de Atahualpa, quien pierde finalmente es el Estado, español en el caso antiguo y ecuatoriano, peruano, dominicano y otros, en el de los robos modernos.
Almagro y Pizarro tuvieron que inventarse una captura y un rescate, así como el pago de un impuesto, para ‘lavar’ la plata robada al Rey de España, mientras los Lasso, los Piñera, los Abinader y otros de la misma condición, se inventaron una serie de empresas de papel, en diversos paraísos fiscales, que se compran bancos, yates, castillos, en fin, la una a la otra, a la otra, a la otra, hasta quince o veinte veces, de manera que el rastro es cada vez más difícil de seguir, la plata queda limpia y brillante, sin rastros de su origen legal o criminal y se evita pagar impuestos por valor de varios millones de dólares.
Quizá los niños y niñas, después de algunos años, aprendan en sus clases de historia que una serie de prohombres que se enriquecieron ‘honradamente’ trajeron del extranjero sus capitales al país y con ellos compraron el sector eléctrico, invirtieron en minería y petróleo, crearon miles de empleos, pagaron muchos impuestos y salvaron “una vez más” al Ecuador.
Por: Edmundo Castañeda Vera. Contador de historias y ex profesor de Chaquiñan. Foto portada: Muro Pinturas de Guerrra. Noviembre 8 de 2021.