… perdí culturas
perdí todo un idioma
pierdo mi religión
lo perdí todo en el fuego
eso es colonización
así que no me disculparé
por poseer cada pedazo de mi
que no pudieron tomar, romper
y reclamar como suyos.
Ijeoma Umebinyuo
Probablemente tenía 8 años cuando mi padre me hizo una pregunta perturbadora. Me preguntó si quería cambiarme el apellido. El resto de la familia lo iba a hacer. A mí me parecía imposible. Mi nombre era Sofia Lanchimba, ¿cómo podría ser alguien más? ¿cómo podría nombrarme de otra manera? ¿cómo mis amigas y mis amigos me reconocerían si les decía que era alguien más? Mi respuesta quizá ingenua o consciente fue “no”.
Claro que no se trataba sólo del apellido, se trataba de borrar nuestro ser indio, de negar lo que éramos, de mutilarnos. Por muchos años me pareció una actitud cobarde. Me parecía que la familia debía hacer lo que hizo mi padre, convertir el insulto en orgullo. No sabía de las profundas cicatrices y dolores que dejan el racismo. Del desprecio que recibía mi padre desde la escuela por ser un “Lanchimba”, de los trabajos negados a la familia por tener un apellido indio, de la imposibilidad de acceder a mayor educación que la escuela porque “eso no era para indios”. De cómo el insulto constante se va haciendo carne como vergüenza, timidez y profunda tristeza.
No sabía del dolor ancestral que cargaba, del dolor por sí mismo, por su madre, por sus abuelos, por la pobreza, por los malos tratos que todos recibieron. No sabía cuánto puede destrozarte sentir que tu vida vale menos y que litros de alcohol no podrían llevarse ese dolor. Ahí supe que la única forma en que se puede sobrevivir a las cicatrices y dolores impuestos por el racismo es la afirmación vehemente. ¡Soy indio, carajo! Es un grito de sobrevivencia.
No sólo existe un despojo territorial, hay que sumar el despojo civilizatorio y el despojo de sí mismo cuya expresión más patente es la pérdida de la lengua. No faltan los testimonios de quienes recuerdan que las abuelas y los abuelos dejaron de transmitir la lengua para protegerlos. Así parecía que tendrían una mayor oportunidad para integrarse en un sistema racializado cuya violencia los orilló a eliminar su lengua, sus saberes y sus cosmovisiones para intentar sobrevivir.
El costo de la sobrevivencia en muchos momentos ha pasado por la automutilación como civilización. Porque perder la lengua es perder la madre, el hogar y la forma de estructurar el mundo. Esa pérdida hace que tantos con nuestras mismas facciones, con nuestro mismo tono de piel o con apellidos similares se autoperciban blancos. E incluso se atrevan a lanzar insultos como “indix” o “longx” tratando de diferenciarse porque su opción para “sobrevivir en un sistema racializado es ponerse del lado de los dominantes” como dice Gabriela Wiener.
Por: Sofía Lanchimba Velasteguí. Kichwa, Kayambi. Socióloga y Doctora en Ciencias Políticas. Foto: Internet. Octubre 15 de 2022