
Este día nos invita a remontarnos a 102 años atrás, cuando el presidente Alfredo Baquerizo Moreno, mediante Decreto Ejecutivo del 10 de junio de 1920, oficializa el 13 de abril como día del Maestro Ecuatoriano. El nacimiento de don Juan Montalvo, docente y político ambateño, fue una de las referencias.
Mi saludos a los maestros y maestras que día a día, asumen con valentía la difícil, pero grata tarea de enseñar, tarea noble que pone en juego diariamente la paciencia, la vocación, actos de justicia y liderazgo.
Maestras y maestros que en el transcurso de la pandemia, comprometidos y abnegados en cumplir su misión, fueron los héroes silenciosos en no escatimar esfuerzos en llegar a sus estudiantes. Es triste también reconocer a quienes cómodamente incumplieron con su responsabilidad ética y profesional de educadores.
Cómo olvidarnos de maestros que con su lucha, sacrificio, pensamiento y actuar, heredaron un legado en la búsqueda de la emancipación de nuestros abuelos, padres, hermanos, comunidades, pueblos y nacionalidades. Ahí están Dolores Cacuango, Tránsito Amaguaña, Jumandy, Fernando Daquilema, Lorenza Abimañay, Alejo Saes, Julián Quito, Ambrosio Lazo, Alonso de Illescas, Cimarrón Antón, Martina Carrillo, María Chinquinquirá, Jonatás Sáenz, María Illescas y aquellos héroes anónimos que la historia no ha develado.
Desde nuestros pueblos y nacionalidades, ser docente implica más de una responsabilidad profesional. Es un compromiso ético y moral con cada una de las comunidades, en su tarea de encontrar el camino que formar personas orgullosas de su identidad, abiertas a las diferentes corrientes, pero firmes en la convicción de los saberes, conocimientos, prácticas, hábitos, costumbres, divinidades propias de su pueblo.
Somos educadores por naturaleza, como padres, como hijos, como compañeros, como amigos, como personas. De cada uno aprendemos y a cada uno enseñamos, no necesariamente con palabras, sino con nuestra forma de ser, con nuestras actitudes, con los principios y valores que demostramos y practicamos.
Las palabras de Paulo Freire: “Sería en verdad una actitud ingenua esperar que las clases dominantes desarrollasen una educación que permitiese a las clases dominadas percibir las injusticias sociales en forma crítica”, nos invita con urgencia a reflexionar sobre nuestra acción educativa.
Los educadores no formamos individuos tiranos, autoritarios, egoístas, ambiciosos, deshonestos; por el contrario, orientamos a nuestros estudiantes en valores, virtudes y autoestima, porque quienes hacemos educación estamos convencidos que nuestras comunidades, pueblos, nacionalidades y Ecuador, requieren que las nuevas generaciones, a más de una formación cultural y científico-tecnológica, respondan a sus necesidades sociales, económicas y organizativas para la solución de los problemas.
Ser docente es una labor llena de sacrificios, incomprensiones, preocupaciones; pero más llena de satisfacciones cuando tus estudiantes te reconocen y con sonrisas de reciprocidad te saludan cariñosamente, con rostros llenos de alegría se acercan y con un abrazo o estrechón de manos te agradecen lo poco o mucho que enseñaste.
Seguimos orgullos recibiendo el reconocimiento imperecedero de quienes fueron y son nuestros estudiantes, así como el gratificante reconocimiento de nuestros pueblos y nacionalidades.
Por: Edwin S. Gordón S., Técnico y educador del Sistema de Educación Intercultural Bilingüe. Foto portada: Muro Siondra San Martín