Con Mons. Romero, Dios pasó por El Salvador

El 24 de marzo de 1980, mientras celebrara la misa en la capilla del Hospital de la Divina Providencia, una bala disparada por un ex oficial de la guardia Nacional, miembro del equipo de seguridad del Presidente Crnel. Arturo Molina y cercano colaborador del mayor Roberto D´Aubuisson, fundador del partido derechista ARENA y promotor de los Escuadrones de la muerte, acababa con la vida de Oscar Arnulfo Romero, obispo de San Salvador.  Treinta años se tuvo que esperar para conocer el nombre del asesino y la justicia aún no resuelve sobre los autores intelectuales, aunque todos saben que Roberto D´Aubuisson y Arturo Molina forman parte de esa trama criminal.

El Salvador es un país pequeño de 21.000 km² (algo más grande que la provincia de Manabí), que durante la década de los años setenta vivió una crisis social y política muy seria y que a partir de 1979 vivió una guerra civil que costó 75.000 muertos y 15.000 desaparecidos y que terminó en 1992 con la firma de los Acuerdos de Paz entre el Gobierno y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN).

Desde los años 30, sucesivos gobiernos militares dirigieron el país y propiciaron el acaparamiento de tierras en manos de la oligarquía y el empobrecimiento acelerado de los campesinos. La lucha de los campesinos y varias rebeliones populares fuertemente vinculadas con obreros, campesinos, estudiantes fueron reprimidas con brutalidad. La década de los 70 que puso en evidencia la farsa electoral que perpetuaba en el poder a los militares y a la Democracia Cristiana, fue el momento propicio para el surgimiento de varios grupos revolucionarios que en 1980 conformaron el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) una de las más importantes fuerzas guerrilleras de América que lideraron la insurgencia revolucionaria. Durante esta década los gobiernos militares y la oligarquía respondieron con una mayor represión y violencia a través de la Guardia Nacional y los Escuadrones de la muerte.

En esta realidad vivió Mons. Romero. Y en ella supo dar testimonio de la presencia de Dios en El Salvador. A diferencia de la Iglesia institucional, que siempre asume posiciones “equilibradas” o “mediadoras”, Mons. Romero y su iglesia constituida por sacerdotes, religiosos y religiosas, y laicos comprometid@s se posicionaron junto al pueblo que luchaba por su liberación con las fuerzas populares y las organizaciones revolucionarias.  Y desde allí, denunció la violencia institucional, la injusticia estructural, el capitalismo al que lo llamó pecado social; y, a sus representantes: “la oligarquía, los militares y la democracia cristiana” y animó al pueblo a luchar y defender sus derechos. Anunció que Dios estaba junto al pueblo y no junto a sus represores.

Denunció los asesinatos provocada por los escuadrones de la muerte, denunció la complicidad de los jueces y de las instituciones que administran justicia; denunció el silencio cómplice de los medios de comunicación. Ante el intervencionismo norteamericano, Mons. Romero demandó del presidente Carter el no envío de armas para el gobierno salvadoreño porque esas armas serían usadas contra el pueblo.

Y finalmente hizo un llamado a la desobediencia «yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del ejército, y en concreto a las bases de la guardia nacional, de la policía, de los cuarteles: Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice: NO MATAR… Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios… Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla… Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes a su conciencia que a la orden del pecado… La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. Queremos que el Gobierno tome en serio que de nada sirven las reformas si van teñidas con tanta sangre… En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión…! Esta fue su sentencia de muerte.

Que no daríamos por tener una Iglesia como aquella que lideró Mons. Romero en El Salvador, o como la que lideró Mons. Proaño en Chimborazo (Ecuador). A pesar de los esfuerzos del Papa Francisco, la iglesia sigue lamentablemente al servicio de los poderosos y de su proyecto de muerte.

Por: Xavier Guachamín. Comuna Rebelión. Foto portada: Telesur. Marzo 22 de 2022.

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