Se cuenta que, en alguna ciudad conocida como la Mitad del Mundo, sucedió un hecho que estremeció a la sociedad en su conjunto. No se sabe si es verdad o inventado por alguien que tiene mucha imaginación. Lo cierto es que esa historia pasó de boca en boca hasta convertirla en un relato creíble y lleno de tragedia.
Cuentan los que cuentan que, en un recinto donde se forman policías se llevaba a cabo una fiesta donde participaban oficiales y cadetes. El licor, la música y la algarabía se tomaron de la mano hasta que, a eso de la una de la madrugada, ella llegó en busca de su esposo. ¿Quién le avisó que su compañero de vida andaba -abusando de su poder- en amoríos con una subalterna? No se sabe. Lo cierto es que, en pijama y muy alterada, ella llegó y lo confrontó. ÉL, quien según los que cuentan, era teniente, miembro de inteligencia, mimado de generales traviesos de botas de punta de oro e instructor del recinto, se encerró con ella en su habitación.
Dicen que ella, sumida en la bronca del engaño, amenazó al teniente con contar todo lo que sabía de él y de sus amigos de alto vuelo. Él, lleno de indignación, procedió a golpear a su esposa, una y otra vez. Hay rumores de que la señora fue presa de la rabia del susodicho durante unos 20 minutos. Por algo era el instructor, siempre un ejemplo de fuerza y resistencia. Muchos oficiales escucharon gritos de auxilio, golpes, ruidos extraños, pero como superior es superior, mejor quedarse calladitos, no vaya a ser que uno termine castigado por metiche.
Así que ella entró, según lo que se dice, pero nunca salió. Nadie la vio. ¿Qué pasó? ¿Se puede desaparecer así de pronto sin dejar huella? ¿Se llevó a su esposa en una de sus lujosas motos sin que nadie se percatara? Cuentan que el teniente tenía mínimo 3 motos, de esas que cuestan lo que vale un auto. ¿De dónde tanta moto, tanto run run con sueldo de instructor? Hay testigos que juran haber escuchado ruidos extraños de algo que golpeteaba con las gradas. Él voló, tomó el auto de su esposa y hasta pronto. ¿Y ella?
Los que cuentan, y que no se cansan de contar, afirman que en ese cuarto algo muy malo pasó. Sangre por aquí, sangre más allá, paredes lijadas al apuro. Para darle drama al asunto, él fue a denunciar a la fiscalía que ella desapareció sin dejar huella. Cuentan que hasta lloró, que se agarraba la cabeza y ponía cara de actor dramático de telenovela mexicana. Pero como oficial es oficial, vaya nomás. ¿Cómo se va a sospechar de un marido, policía e instructor? Nunca pues. Se dice que alguien hizo una llamada y que, ante una llamada de ese calibre, no hay cómo negarse. ¿Prisión preventiva? No. Eso para los giles.
Lo cierto es que se cuenta que uno o más voluntarios llevaron un bulto envuelto en plásticos a un monte cercano, y ahí lo dejaron. Mientras tanto, él se volvió invisible. Dicen que fugó, que se encuentra en alguna finca de algún general de sonrisa dorada. Dicen que lo protegen, que sabe demasiado.
Cuentan que la madre de ella no se tragó el cuento y ahí nomás puso el lugar patas arriba. Una madre que de pronto pierde una hija se convierte en guerrera y no tiene miedo de nada, que es capaz de enfrentarse a todos los poderosos, a las sonrisas fingidas, a los abrazos austeros, a los aquí puse y no aparece. Una madre rota puede tumbar un edificio, incendiar un río, congelar la lava.
Muchas voces se alzaron y ahora son un grito que rompe el pavimento, que destrozan el miedo a punta de palabra, que ponen el cuerpo con dosis de rabia, de indignación, de rebeldía. Y quienes gobiernan, cuentan algunos, se la pasan justificando la estupidez, tapando el sol con un dedo, buscando relatos para idiotas: que era que llamen a la policía, al 911, algo. Fue un crimen pasional, arguyen, como si la gente comiera cuento de aquellos que llegaron con promesas vacías.
Desde el extranjero, dicen los que narran, hay una señora con olor a cuervo que dicta las líneas de los uniformados. Esa señora, que también fue la cuerva de otro en el pasado, se las sabe todas y ordena guiñando un ojo. Cuentan que el tumbado de su cuarto está lleno de ojos sangrantes, que ahí se inspira para sus charlas magistrales. Ella fue -dicen- la que sugirió una mujer de reemplazo en la dirección de ese centro, y que cuidado con darles franco; que se necesita aislarlos, meterles miedo, volverlos uniforme sin alma.
Voces no confiables dijeron que sus aliados por fin la encontraron, después de diez días. Eso lo sabían desde el día uno, pero había que ganar tiempo, armar estrategias, borrar huellas, armar discursos: no es la institución, es solo un tipo violento, malo, horrible, ¡qué horror! Que murió ahorcada, dicen para no hablar de la golpiza previa. Dicen tantas cosas los que mandan, tantas mentiras, tantos enredos, que lo único que logran es hundirse más en su propio estiércol refinado.
¿Y el teniente? Los más osados creen que aparecerá suicidado, pobrecito, con cargo de conciencia, una carta en su bolsillo escrita con su puño y letra, y 15 balazos en su pecho. Así se suicidan los machos, los que saben mucho, los que encubren a sus jefes de charreteras vacías. Así cuentan, así contaron.
Por: Hugo el Búho. Actor de teatro, pedagogo y narrador oral. Foto portada: Muro El Búho. Septiembre 24 de 2022