Los operadores políticos en la asamblea y en el ministerio de gobierno fracasan nuevamente. El presidente Lasso se descontrola y en su intento de superar el traspié descarga contra cinco asambleístas, acusa a la asamblea de inoperante, arma un discurso político confrontativo que va desde la amenaza de una muerte cruzada a una consulta popular y a gobernar mediante decreto; es parte del escenario de un sistema democrático en crisis, luego de diez meses de un gobierno del “encuentro” que sigue cayendo en las encuestas.
El fortalecimiento de un sistema democrático se basa en el respeto a la independencia y la no intervención en los demás poderes del estado; y, en el fomento de un debate parlamentario con altura y con principios para la construcción de las políticas públicas; son las tareas pendientes para garantizar la gobernabilidad. Esto, a nivel institucional en la democracia representativa; pero, cómo afecta este escenario de pugna de poderes, que no es nuevo, con el otro nivel que sostiene a la representatividad, es decir, la democracia participativa.
La participación de la gente en la vida política del país, antes de la emergencia de las redes sociales, se resumía quizá a mirar, escuchar, leer noticias y los análisis, comentarios y editoriales de los “líderes” opinión de los medios de comunicación. La participación continuaba tal vez en el comentario con los vecinos, amigos, compañeros de trabajo, etc., dónde se iban consolidando imaginarios colectivos más o menos estables.
Con las redes sociales, la sobre abundancia de fuentes y de información y la pérdida de referencia de ciertos medios de comunicación corporativos; esos imaginarios colectivos cada vez tienen menor duración en el tiempo y menos alcance en la población. Los relatos se multiplican y es una tarea cada vez más difícil articular espacios para fomentar la democracia participativa. Considero que hay dos problemas fundamentales, para ello, que tienen que ver con el enfoque con el que se mira a la participación y que incide en el modo de aplicarla.
Con respecto al enfoque nos referimos a esa tendencia, matizada por varios factores, a creer que el “hacer política” no es de buenas personas o que tiene que ver solamente con lo que sucede con los gobiernos y los dirigentes o que se resume a ponerse de un lado o del otro, siempre a la defensiva y muchas veces sin considerar ni otorgar fundamentos para nuestra posición. En este problema de enfoque interviene el déficit de educación política existente en los hogares y en el sistema educativo.
Esta mirada errónea sobre la política sumada a la cada vez más voluminosa cantidad de información en las redes sociales y la caída de la referencia de ciertos medios de comunicación corporativos; provoca un ensimismamiento de la gente que se refugia en otras actividades acallando su rol político natural, auto negando su participación o en su defecto reaccionando de manera equivoca a los efectos de una mala aplicación de ella.
Luego de un aislamiento total y parcial de casi dos años, por la pandemia, habría que analizar si los canales virtuales han podido en algo cambiar el enfoque y aplicación errónea de la democracia participativa. Las veedurías, consejos consultivos, sillas vacías y asambleas; entre otros, son mecanismos válidos para orientar el sentido comunitario que es el que impulsa a la participación. Su desgaste o fortalecimiento, dependerá otra vez del enfoque y la aplicación, más allá de la institucionalidad y de la teatralidad del poder. Más allá del escritorio y del escenario.
En el caso de la Ley Orgánica de Cultura, existe un proceso de reformas que están pendientes de tratamiento en la Asamblea Nacional, pero que también requieren, de una continua retroalimentación en cada territorio y en cada sector vinculado a las culturas del país, sobre todo en las comunas, comunidades, barrios, pueblos y nacionalidades.
Por: Rosendo Yugcha Changoluisa, Comunicador Social. Desde el barrio. Abril 5 de 2022