
Quién creyera que una muerte, narrada desde lo visual, nos devuelve a la vida. Hay tantas cosas que analizar en este valiente y bien logrado documental, porque no solo es un ejercicio de resistencia, de refrescarnos la memoria, sino un documento que nos aguijonea el alma y que, además, nos cuestiona como sociedad. Es inevitable no sentir dolor, rabia, impotencia ante una justicia que se disfraza de equilibrada, pero que siempre termina favoreciendo al opresor o a sus amanuenses.
No pude evitar llorar durante algunos pasajes, porque como se dice en el mundo andino: un hijo no es solo de los padres, sino de toda la comunidad. La pérdida temprana de un niño se mantiene como una sombra eterna, y peor si su vida fue arrebatada por aquellos que -se supone- deberían cuidarla. La policía -y en estos días lo hemos constatado hasta la saciedad- siempre nos regala alguna macabra novedad. Por ello es fundamental que muchos, que todos miren el documental, para que nunca más se repitan estas atrocidades.
Unos adolescentes del sector popular de Zámbiza son atrapados por la policía, después de una denuncia de algún vecino que los miró rayando, con un marcador, una pared. Si hay chicos que pintan una pared, con pantalones anchos y que tienen el descaro de tener la piel oscura, indudablemente son sospechosos. De lo que sea. Así no estén haciendo nada, igual, son sospechosos. Paúl fue llevado por tres policías en un patrullero y apareció muerto. ¿Cuántos más habrán sufrido el mismo destino a lo largo y ancho del país sin que la prensa se haga eco? La importancia del muerto depende de su apellido y su clase social.
Desde ese fatídico día, surge la figura de Leonardo Guañuna, su padre, protagonista del relato, quien, como una muestra de amor incondicional, lucha día a día para que se haga justicia. Los policías sindicados en el crimen fueron sentenciados a veinte años, luego a nueve y finalmente a dos. Por poco les dan indemnización, una placa de desagravio y les piden disculpas públicas.
Paúl estudiaba en el colegio Central Técnico y estaba cerca a graduarse. En el documental -que, por cierto- pone mucho cuidado en los detalles y el contexto, tiene un papel importante el colegio, el mismo donde estudió David Lasso. Y es ahí donde se puede constatar las contradicciones del sistema educativo. La banda de guerra, que es un copy paste de ciertas rutinas del mundo policial y militar, nos llevan a la pregunta que se hace David, al apuntar ciertas similitudes de los pobladores de los sectores populares y los miembros de la policía, más allá de los apellidos indígenas: ¿qué hacemos con el policía que muchos llevamos dentro? Un profesor aparece en la formación de los estudiantes en el patio y les recrimina ¿por qué se ríen?, ¿por qué se mueven?, ¿por qué no guardan distancia?, ¿por qué, por qué…?
A David Lasso le llevó más de diez años culminar su documental. Dar a luz a un hijo de semejante envergadura le costó muchas amanecidas y cientos de kilómetros recorridos. Es un dardo que obliga a reflexionar. Las y los chicos de los colegios populares sueñan con ser parte de la banda de guerra o lucirse como bastoneras. Se los prepara -con el orden y la disciplina- para soñar en un futuro de uniforme. Los Quishpe, los Chiluisa, los Caizapanta, los Suntaxi son los próximos policías y militares, que en un futuro cercano tendrán que reprimir al enemigo interno (invento de algún desocupado para reprimir y para justificar la existencia de las Fuerzas Armadas), que son su propia gente: Chuquimarca contra Chuquimarca, Tipanluisa vs. Tipanluisa.
Guañuna es un documental que nadie debe perderse, porque, a más de denunciar ciertas prácticas perversas de la policía, así como el racismo, autoritarismo y violación de derechos humanos, hace que nos abracemos con la memoria; y, además, nos permite hacernos una serie de preguntas que estaban por ahí, guardadas en el armario de los temas incómodos. Recuerdo que hace algunos años, algunos estudiantes del Central Técnico fueron detenidos después de una protesta. Sus madres se vieron obligadas a humillarse al poder de turno para poder liberar a sus hijos. La criminalización de la protesta social se evidenció: así fue ayer, así es hoy.
Ángel Guañuna seguirá exigiendo verdad, justicia y reparación, dignificando el nombre de su hijo, Paúl, en calles, micrófonos, quebradas y paredes; o quizás mientras el viento refresque su cara cuando transite en la vía pública. Porque mientras algunos pelean desde su auto privado, él lo hará desde cualquier coche de madera.
Por: Hugo el Búho. Actor de teatro, pedagogo y narrador oral. Foto portada: Cinemateca CCE. Enero 11 de 2023